Para ateos y creyentes (sin discriminación de clases)
Las razones por las que uno es ateo me temo que no sean tan claras como uno quisiera.
Me pongo como testigo de un proceso (el mío) y lo doy a conocer.
Nací en el seno de una familia nazional-católica española y educado en la fe en Dios, al punto de querer ser cura en una identificación infantil masiva al ideal de santidad.
Creo que el punto clave fue la crisis ocurrida en torno al poder de la oración; la caída de las creencias en seres míticos (los Reyes Magos, el Niño Jesús, la Virgen, etc.); la sensación de que todo lo que me explicaban no coincidía con lo que yo percibía del mundo y la percepción de la realidad de un modo más clara a medida que progresaba cursos en la escuela; el advenimiento y progresiva instauración del deseo sexual, fueron los hitos que yo creo que marcaron mi transformación de niño a adolescente y después adulto.
A partir de la perdida de la fe (ya digo, un proceso progresivo y cada vez más intenso), fue necesario encontrar explicaciones que rellenaran el hueco que quedó al dejar de creer en Dios. Eso configuró una mente paulatinamente más racional, y si, en cierto modo solipsista como lo dice Zeus.
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Respondiendo a Marilú por una vez en serio y sin que sirva demasiado de precedente (por una vez no te diré una burrada), te diré Marilú que mis bases más básicas para ser ateo, y si por bases he de entender las que se encuentran en el fundamento de mi ateísmo, son la pérdida paulatina de la fe en Dios, como resultado de un proceso que llamaré provisionalmente "maduración personal", coincidiendo en el tiempo con la maduración sexual y la sustitución progresiva de la fe en Dios y en la verdad revelada de la religión, por la fe en la verdad de la razón.
Puesto que la necesidad de explicaciones para las cosas del mundo (causa, origen, final, etc.) me aguijoneaba, y la fe en Dios y el discurso de la religión eran increíbles, empecé a creer que el discurso de la ciencia y de la razón aportaban más verdad sobre el humano y el mundo que el discurso de la religión.
No creo que la verdad revelada sea una verdad material; me parece un cuento. La verdad de la razón me deja humillado ante la ignorancia de lo más esencial, pero puedo asumir esa cuota de malestar inherente a saber que aquello que me dejaría satisfecho no lo podré obtener jamás, ni aún muriendo (contrariamente al creyente que tiene la esperanza de poder ver realizado su deseo al morir)
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Yo no amo demasiado a la vida. No le tengo demasiado apego a algo que no me gusta (sufrir y ver sufrir cada día sin ton ni son) y mis razones no son tan optimistas como otras. Más bien aguanto este tormento de la vida como puedo y tampoco tengo demasiadas razones par seguir vivo. También es cierto que, hoy por hoy y aunque la vida se me represente "un valle de lágrimas", no me resulta todavía tan insoportable como a otros.
Cuando alguien me descubre sus intenciones de suicidarse y me mira con el temor de mi respuesta impreso en sus ojos, no tengo demasiadas razones que darles para que no lo haga. Mucha gente se suicida con razón.
No. Entre mis razones no se encuentra precisamente el amor incondicional a la vida, pero no sé por qué sigo vivo ni por qué, a pesar de los pesares, eso sigue sin contar conmigo.
Ya digo: no soy tan optimista como otros y moriré sin saber por qué he vivido. Si el balance de esa vida es bueno para mi y para otros, mejor; incluso es probable que en ese momento sienta alguna sensación de satisfacción. He aceptado morir sin más esperanza que cerrar los ojos y desaparecer para siempre, quedando de mí, a lo sumo, poco más que un recuerdo vago en la memoria de mis nietos y que se extingirá al poco, como lo más duradero de mi existencia.
Por lo demás, el amar, el odiar, el gozar y el sufrir forman parte de cualquier vida, de modo que no le encuentro demasiado mérito a lo que es común. Pero incluso ahí tendría un sentimiento de vergüenza cuando sé que hay otros que no tienen tanta suerte. Ese solipsismo me enseña, además, que hay otros como yo (semejantes) que pueden y de hecho tienen, menos suerte que yo. Mi solipsismo no es de estado, sino de partida y plantearme una vida gozosa (la mía o la de cualquier otro) no deja de ser una ironía, lo mire por donde lo mire.
Con respecto al bien, estoy de acuerdo en que hago el bien porque es asunto mío y no es asunto de otro (mucho menos de ningún dios); que hago el bien a otros porque me satisface. Pero no sé muy, muy, muy bien por qué obtengo satisfacción en eso, cuando puede que muy cerca de mí hay quienes obtienen satisfacción por lo contrario, es decir, haciendo el mal y causando daño a otros. Incluso si me escucho sin demasiados prejuicios sobre mi mismo (diciéndome lo majo, bueno y honesto que soy), me doy cuenta de que, a veces, yo también disfruto haciendo el mal, de modo que me asombro de mi propia paradoja: mi bien es causar el mal a otros (o por causa del mal de otros), en algunas circunstancias.
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No. Mis razones no son en absoluto ni tan claras ni tan optimistas como las de otros. Y razones positivas creo haberte dado también. En resumidas cuentas: mi ateismo no me deja demasiado satisfecho con la vida, pero la razón es lo mejor que tengo y la cuido.
Desgraciadamente, mi proceso es irreversible tal como lo veo ahora, de modo que es muy difícil que vuelva a creer en dioses. Así que puede haber un ateísmo que no sea necesariamente optimista ni ame la vida. Ese ateísmo es el mío y no puede ser compartido por nadie. Es el mío, insisto. Que nadie se identifique con él, porque no es posible. Y si existen otras formas de ateísmo que despiertan entusiasmos y adherencias, deberán entenderse como otra forma de alienación en un discurso de otro, en el que uno cree acomodarse como si fuera propio.
En tanto ateo, no necesito justifiarme ni comprender mi existencia de modo optimista o alegre. Necesariamente no. Tampoco me gusta ser ateo. Ni siquiera agnóstico. No me gusta eso. Quisiera tener certezas y verdades absolutas. Quisiera ser feliz de alguna manera y, con suerte, solo lo soy a ratos.
Así que te digo, amada Marilú, que ser ateo no es ninguna bicoca pero, con todo y eso, para mi es mejor que ser creyente. Al menos, como ateo puedo revisar de arriba abajo mis creencias y ponerlas contínuamente en crisis sin que por ello vea amenazado mi equilibrio mental.
Quizás tu suerte y tus circunstancias te han llevado a ser creyente. Apechuga con eso lo mejor que puedas, créeme. Procura ser feliz con eso que te ha tocado vivir. Si estás mejor siendo creyente, pues sigue con ello, amiga. Que nadie te imponga su modo de pensar, sea ateo o creyente, porque se trata de tu vida y de tu bien, y no el de ningún otro.
Y si vienes por aquí a dar la lata, yo, por mi parte, te doy la bienvenida. A mi me diviertes. Tu ingenuidad me estimula a decir burradas y eso me parece bien para mi. Pero ya ves que no solo burradas. También soy capaz de decirte cosas serias. Haz con ellas lo que quieras.
Petrus