Riccardo Marassi
Traducción: Julio Castro – laRepúblicaCultural.es
Creo haber escrito ya en algún sitio, cómo hoy en día, las categorías de juicio se han simplificado y complicado a un tiempo. Me refiero, en concreto, a la dicotomía bueno/malo que a estas alturas, ya sólo encuentra aplicación en el ámbito pedagógico.
A los niños les reprochamos ser malos y les invitamos a ser buenos, y queda como la última selección memorable la que en su tiempo se hacía en clase, en la pizarra.
La maldad no forma parte de nuestra forma de juicio cotidiana. Preferimos categorías más complejas y absolutorias.
Si Rosa Bazzi extermina a sus vecinos de casa y corta la garganta a un niño de dos años, o bien, si Annamaría Franzoni asesina al hijito de tres años, a ninguno le viene en mente que Rosa Bazzi o Annamaría Franzoni puedan ser malas. Se prefiere pensar que están “locas”.
La definición genérica de la enfermedad mental resulta mucho más confortante, las dos son “enfermas mentales” y, por tanto, “diferentes” de nosotros. Esa maldad no nos concierne.
En el pasado se llegaba a encerrar a los locos en los manicomios y, aislándolos, se asumía el engaño de haber aislado también la diversidad, haber exorcizado también la maldad de la cual nos considerábamos capaces.
En realidad hay muchas más personas malvadas que “locas” y, a menudo, la maldad no comparte los mismos ámbitos de la enfermedad mental, siendo una prerrogativa de los “cuerdos”.
Aún más rara resulta la aplicación de las categorías bueno/malo en política. Reino no contrastado de la complejidad de juicio exenta de toda valoración de tipo emotivo.
La única concesión se refiere a la honestidad, pero sólo porque atribuímos a esta cualidad una función de fiabilidad intrínseca.
No entregaremos nunca nuestro destino a una persona deshonesta. Queda por comprender por qué, en cambio, no ponemos reparos en confiar, o poco menos, nuestro destino a una persona malvada.
Por estos motivos me ha dejado muy estupefacto la afirmación hecha por Giulio Andreotti que, tras haber visto “El Divo”, film de Sorrentino, ha declarado “Yo no soy así de malo”.
Cabía esperar alguna objeción de tipo político, o bien una defensa del mérito de su implicación en las acciones de la mafia, de las cuales se habla en la película. En cambio, Andreotti no ha descendido más que a que su personaje fuese “malo”. Andreotti es ya, en resumen, un personaje de otros tiempos. Mientra que, en cambio, hay quien no hace caso alguno a este tipo de categorización. Como el ministro Roberto Calderoli.
Calderoli intervino en el debate sobre la condena penal al hecho de la inmigración clandestina y, en respuesta a quienes sostenían que no se puede encarcelar a las personas, tan solo porque entran clandestinamente en nuestro país, ha querido acallar esos temores. Calderoli explicó que, el verdadero objetivo, no es encarcelar a clandestinos, sino devolverles a su lugar de origen. De hecho, ha precisado Calderoli, “la verdadera condena para estas personas no es la prisión, sino regresar a su propio país”.
Leí más veces la declaración del ministro, buscando encontrar un nuevo sentido. Que quedaba (¡hay de mí!) invariable
Ante todo, de la declaración de Calderoli, se deduce que el ministro es bien consciente de que, para muchas de estas personas, la vida en su propio país de origen es, precisamente, una condena. Sea por hambre, miseria, guerra o porque estén perseguidos por razones políticas o raciales. Pero Calderoli no afirma que, de hecho, estemos obligados a devolverles, pese a saber todo esto. Calderoli dice que los devolvemos y no les enviamos a la cárcel, porque aquella es para ellos la pena mayor.
Como si quien entra clandestinamente y por desesperación en nuestro país, mereciese un castigo. Una condena, de hecho. Es más, la mayor condena posible. Hay un odio injustificado, un sentimiento y una agresividad en las palabras de Calderoli, por de más, agravados por el hecho de que se dirigen hacia personas desgraciadas y desafortunadamente, nacidas en la parte equivocada del mundo.
Calderoli es una mala persona. Y que a nadie le venga en mente decir que está “enfermo”.